"¿Qué pasa?"pregunté, abochornado, aunque ya adivinaba a qué se debía aquel alboroto. ¿Quién es ese?" me respondieron en coro, señalando a mi amigo.
"Perdón —dijo él—. Yo puedo presentarme solo. Soy un esqueleto. Tengan todos muy buenas tardes".
"Oh —se asombró una señora, que llevaba un perrito faldero, de pelo amarillo, adornado con un collar de diamantes—. No puede ser. Un esqueleto que habla".
"Pues sí —dijo mi amigo, encogiendo los homoplatos—. En realidad todos los esqueletos hablamos".
Rosero, Evelio. (1992). El Aprendiz de Mago. Bogotá: Colcultura.
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