Miró el mar y se dio cuenta de lo solo que se encontraba. Pero podía ver los prismas en el agua profunda y oscura, el sedal tirante y la extraña ondulación de la calma. Las nubes crecían por los alisios, miró adelante y vio una bandada de patos salvajes que se proyectaban contra el cielo sobre el agua, luego se desvanecían y volvían a destacarse como un aguafuerte; y se dio cuenta de que nadie está jamás solo en el mar.
Hemingway, Ernest. (2002). El viejo y el mar. Barcelona: Editorial Planeta.
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