Corrí a mi propia imagen y entonces me besé. Mis labios me besaron en el frío espejo, y experimenté todo el amor, sin miedo a perder ese amor, porque yo mismo era el amor, yo mismo conmigo, yo, porque no deseo ni podré desprenderme jamás, ni siquiera mediante la muerte, siempre indisolubles, ella y él, yo.
Rosero, Evelio. (2013). Señor que no conoce la luna. Bogotá: Random House Mondadori.

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