La responsabilidad, en cambio, es un sentimiento más constructivo. Por ejemplo: si soy consciente de mi huella de carbono y asumo responsabilidad por esa huella, entonces me activo, me informo y pongo manos a la obra para ajustar mi estilo de vida, de manera que esa huella se reduzca tanto como sea posible. Si soy consciente del impacto que tienen mis decisiones alimenticias en el bienestar y la integridad de los animales, entonces asumo responsabilidad por ese impacto, me activo, me informo y aprendo a comer de una manera que no solo es más respetuosa con los animales, sino que es mejor para mí y para el planeta. Si esos dos asuntos los enfoco desde la culpa, el panorama sería muy diferente, porque la responsabilidad puede funcionar activando y movilizando, mientras que la culpa tiende a cargarnos y paralizarnos.
Matija, Mariana. (2021). 10 pasos para alinear la cabeza y el corazón y salvar el planeta. Bogotá: Editorial Planeta Colombiana S.A.
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