
Hay que cuidar bien las palabras, eso decía la maestra Nidia. Para ella, cuidar las palabras significaba no olvidar la hache ni confundir la ese con la ce. Digámoslo así: para la maestra Nidia, si no le ponías la hache a una palabra era como si la estuvieras obligando a salir sin abrigo. Miren cómo este «ielo» se está muriendo de frío, pobrecito. O decía: Esta muchacha «ermosa» salió despechugada, miren cómo le da catarro. Esa «desición» tiene los zapatos al revés. A esa «estasion» le pusiste dos zapatos izquierdos, la pobre, y encima salió sin sombrero. Para mí, en cambio, cuidar las palabras consiste en saber todo lo que una palabra trae colgando, como esos anzuelos que arrastran basura. Un jardín da la sensación de que se hizo para disfrutar y ser bonito, mientras que un patio trae colgando la palabra «trabajo», la palabra «útil». A un jardín se lo cuida para pasar el tiempo, mientras que a un patio se lo cuida por necesidad. Un jardín tiene setos, mientras que un patio con suerte tiene un manojo de tallos creciendo entre las grietas. Por eso le digo jardín al mío, porque «patio» trae colgando la palabra «baldosa», la palabra «gris».
Trías, Fernanda. (2025). El monte de las furias. Bogotá: Penguin Random House.
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