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sábado, 18 de mayo de 2024

 


    Los árboles no solo son los seres vivos de mayor tamaño, sino también los más longevos. La longevidad de los árboles es algo que me interesa mucho. No soy zoólogo, pero creo que el animal que vive más tiempo es una tortuga gigante de las islas Seychelles; vive 300 años, más que un ser humano, pero muy poco si lo comparamos con los árboles. Hace algún tiempo pude admirar en California un árbol sorprendente en el que había impactado un rayo cuando este era joven y del que habían rebrotado una enorme serie de gruesos troncos parecidos a columnas. Se llamaba “el Partenón”, según me dijo el guarda forestal local que me acompañaba. Sorprendido ante esta referencia a la cultura europea en un entorno inesperado, me pareció que la analogía era bella y le pregunté por la edad del árbol: 3.000 años. No era una edad aproximada, estos árboles poseen anillos que pueden contarse. No existe árbol de California que dé dos anillos al año, y tampoco es posible imaginar que tal árbol un año no creciera o no produjera su anillo, imposible. Por tanto, se trata de una cifra realmente fiable. Busqué entonces la edad de nuestro Partenón europeo: 2.400 años. Cuando los griegos decidieron construir el templo de Atenea en la colina de la Acrópolis, ese árbol tenía ya 600 años, y medía 100 metros de altura y 4 de diámetro. Probablemente ese entonces cuando le alcanzó el rayo, pero sobrevivió. Toda la historia de nuestra civilización grecolatina cabe en la vida de un árbol. Para nosotros, los europeos, el Partenón simboliza el inicio de nuestra cultura. Los Pinus longaeva, también californianos, que tienen 5.000 años, germinaron mientras los faraones egipcios construían las pirámides. El récord actual —puntualizo: “actual”, porque estoy convencido de que se batirá algún día— es de 43.000 años para un árbol de Tasmania, la gran isla situada al sur del continente australiano, que se llama acebo real de Tasmania. 43.000 años corresponden al Pleistoceno, la era geológica que precedió a la actual. En esa época, no existía una especie humana como actualmente, sino dos: la nuestra, Homo sapiens, y el hombre de Neandertal, mucho más erte. Toda nuestra evolución biológica cabe en la vida de un árbol.

Hallé, Francis. (2011). La vida de los Árboles. Barcelona: Editorial Gustavo Gili