Durante aquel juego sin gracia, miramos un viejo reloj de pared que había sacado de una casa uno de nuestro camaradas o tratamos de calcular la hora por la posición del sol. Pero el tiempo transcurría tan despacio que parecía eterno. Pensé, irritado, que el tiempo había dejado de pasar, que, como los animales domésticos, no se movía sin la supervisión humana. Que, como los caballos o las ovejas, no daba un paso si no se lo ordenaba un adulto. Cuando el tiempo se estanca, nuestro cuerpo y nuestra mente quedan como en suspenso. No tenemos nada que hacer. Sin embargo, no hay sensación más dura,irritante y ponzoñosamente fatigante que sentir en lo más íntimo de tu ser que estás encerrado y no tienes nada que hacer.
Oe, Kenzaburo. (1999). Arrancad las semillas, fusilad a los niños. Barcelona: Editorial Anagrama.
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