El primer dragón era suficiente para provocarte pesadillas.
El segundo dragón era suficiente para provocar pesadillas a tus pesadillas.
Imagina un animal unas veinte veces más grande que un Tiranosaurus Rex. Más semejante a una montaña que auna criatura viviente... una gran montaña reluciente, perversa. Tenía tal costa de percebes que parecía estar vestido con una armadura engalanada, pero por las ranuras donde los pequeños crustáceos y el coral no podían agarrarse se divisaba su verdadero color. Un verde oscuro y glorioso, el color del océano mismo.
Cowell, Cressida. (2003). Cómo entrenar a tu dragón. Ediciones SM: Madrid.

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